El lactante, hacia sus dieciocho meses de edad está en la posibilidad de acuerdo con los estímulos que provee su ambiente microsocial, de comenzar a estructurar un lenguaje primigenio que le permitirá hacerse de un lugar en su mundo cultural, el cual se acrecentará cada día en su amplitud y complejidad. Le permitirá junto con sus recursos motores de hacer sus primeras significaciones que darán paso luego, a la conformación de su incipiente horizonte de significatividades.
Llegado a los dos años, su lenguaje le permitirá un especial
empoderamiento relacional que funcionará como un motor de retroalimentación
permanente y dará oportunidad de hacer sus primeras unidades de sentido
infantiles.
A partir de los tres años la demanda de un ambiente
enriquecido crecerá ávidamente dando paso a las primeras preguntas que el
infante hará a sus padres, los cuales habrán de aportar su propio horizonte de
significatividades o no, oportunidad crucial para su desarrollo.
La actitud y el acervo de sabiduría de sus padres determinará
el mantenimiento de su deseo de cuestionar y ser apoyado para encontrar o construir
sus propias respuestas. Las preguntas infantiles no tienen la misma estructura que
las cuestiones de un niño: La pregunta ¿Por
qué el cielo es azul? es muy diferente a la pregunta ¿Qué hace que el cielo sea
azul? Si queremos contestar sus preguntas, la primera pregunta por cierto
infantil, será muy desalentadora; la segunda pregunta quizá lo sea menos porque,
aunque no lo identifiquemos de primera mano, incluye una descripción en términos
de proceso. Las preguntas del infante están construidas desde un pensamiento sensorial
o preoperacional y las del niño desde un pensamiento operacional. Mas allá de
la aventura indagatoria que los progenitores asuman, el lenguaje será la principal
herramienta de sus padres, que habrán de participar desde la inquietud, el juego,
la aventura y el buen ánimo.
El infante irá construyendo primero símbolos y luego
unidades de sentido culturales de acuerdo con su edad, asimilando pues, su
mundo circundante cultural.
El pequeño aprendiz se convierte en una entidad vulnerable ya
que independiente de sus necesidades intelectuales sus padres tienen que
cumplir ciertos perfiles básicos, elementales, para poder ser parte de su pleno
desarrollo biológico, psicológico y social.
Durante años hemos romantizado el papel de la familia en el
crecimiento y desarrollo de los infantes, niños y adolescentes, dando por hecho
que los padres estaban preparados para ser padres. Nada más lejano de la realidad.
La sociedad hoy enfrenta una de las mayores crisis de inseguridad y nos guste o
no, el delincuente se forjó en el hogar entre los tres y los once años de vida.
La incongruencia, la incoherencia y la heterogeneidad en los modos de vida en
el hogar, son el verdadero caldo de cultivo para generar delincuentes. En su insipiencia
el delincuente fue berrinchudo, abusivo, invasivo, violento, acosador, hurtador,
destructor, corrupto, todo ello permitido o promovido en el hogar de forma
consciente o inconsciente por sus padres, abuelos, o tutores. Al tiempo, culturalmente
nada cambió, el niño creció y con su poder psicofísico desarrollado, ahora incide
con lo que trae en tiempo real en la sociedad.
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